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Leña

 

 

 

— ¿Nos hacemos leña?
Dijo el árbol caído.
—Yo no puedo, solo soy una flor.

 

 

 

 

 

 

 


Tic, tac.

 

 

Tic, tac.

Un segundo.

El tiempo pasa.

Tic, tac. 

Un minuto.

El tiempo se aleja.

Tic, tac. 

Una vida.

El tiempo agoniza.

Tic, tac. 


 

 


Todo es pasado

Un anciano descansa a los pies del árbol, el río corre entre sus pies y el aire agita sus pensamientos.

Parece que no está en su cuerpo.

A lo lejos parece una estatua triste, solo iluminada por los destellos del sol sobre el agua.

Todo es dorado, todo es pasado.

Su mirada se encuentra perdida en algún lugar dentro de su cabeza, en algún momento donde él pudo detener el tiempo.

Y recuerda.

Yo le miraba desde lejos, entre el olor a humo y flores, sin que él supiera que a mí también me había detenido el tiempo.

-Silencio, no le puedo escuchar.-

Y como él, yo también miré a sus recuerdos. Solo oía mi propia respiración, e imaginé, y le vi allí.

El tiempo no solo le robó personas, caricias o deseos, también le mantiene condenado como la estatua que es hoy, sin poder huir.

Gris.

Él sigue esperando lo que sabe que va a llegar. Él sigue cayendo donde hace años fue feliz, y se queda a vivir allí, mirando, recordando.

No le dejen de mirar, de sentir que está ahí, o desaparecerá del todo.

 

 

 

 

 

 

 

 


En blanco

Sigo aquí, en medio de todo sin que se me ocurra nada, mirando el vacío desbordarse por mis dedos, mirando el blanco invadiendo mis deseos.

No escribir es como callar lo que quieres decir, conteniéndote, ser el  dique que quiere explotar porque está seco, aguantando el empujón del quiero, resistiendo el impulso de gritar, pero otra vez nada, y así hasta llenarlo todo.

Están ahí, estoy aquí, son las palabras las que no llegan.

¿O soy yo el que no las alcanzo?

Lo malo de no escribir será cuando los personajes se acostumbren a estar callados y no quieran decir más porque olvidaron de dónde vienen, qué hacen aquí, quién soy yo.

Arrugar un papel tras otro hasta sentir que eres tú el que se arruga, se agrieta hasta que no eres nada, y eso es todo porque no sé ser si no es escribiendo.

Otra noche contigo, blanco, otra vez oscureciendo todo, dejándome sin nada, y otra vez no sé que decirte, no me dejas ver, me robaste las palabras.

Hasta el próximo color.


Contigo

-¿Con quién hablas?-

Contigo.-

-Pero, yo no existo.-

-Tampoco yo, pero me contestas.-


Ella

A mi lado, ella. No se le ve sangrar, no se le oye llorar, pero se siente su herida, palpita terror.

Tiembla.

Me quiero acercar y decirle:

-No estés sola bajo la lluvia.-
Pero no llueve, tampoco me oye, y el viento pasa entre los dos.

Tan lejos.

Se derrumba, y todos miramos a otro lado. Ese lado donde no hay nadie, ni nosotros mismos. Ese lado que es abismo.

Negro.

Nadie le escribe el camino, ella tampoco quiere caminar, no puede porque está cayendo. Desde el fondo todos somos sus monstruos.

Y nada.

Nadie.

Solo ella.

En los ojos arena, su tiempo lágrimas.

Todo ha sido real, deberían llorar por ella, porque  ya no puede llorar.

Tú.

Todos.

Ella.


NADA

  • Toda esta nada es todo lo que nadie te podrá dar.
  • Nada, luego todo.
  • Nadie nos trae nada para tenerlo todo.
  • Tan todo que no abarcas nada.
  • No me debo nada, lo mío me ha costado.
  • A la espera de Nada, siempre impuntual, como nadie.
  • Hoy no me sirvo para nada.
  • Nada, eso es todo.