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Todo es pasado

Un anciano descansa a los pies del árbol, el río corre entre sus pies y el aire agita sus pensamientos.

Parece que no está en su cuerpo.

A lo lejos parece una estatua triste, solo iluminada por los destellos del sol sobre el agua.

Todo es dorado, todo es pasado.

Su mirada se encuentra perdida en algún lugar dentro de su cabeza, en algún momento donde él pudo detener el tiempo.

Y recuerda.

Yo le miraba desde lejos, entre el olor a humo y flores, sin que él supiera que a mí también me había detenido el tiempo.

-Silencio, no le puedo escuchar.-

Y como él, yo también miré a sus recuerdos. Solo oía mi propia respiración, e imaginé, y le vi allí.

El tiempo no solo le robó personas, caricias o deseos, también le mantiene condenado como la estatua que es hoy, sin poder huir.

Gris.

Él sigue esperando lo que sabe que va a llegar. Él sigue cayendo donde hace años fue feliz, y se queda a vivir allí, mirando, recordando.

No le dejen de mirar, de sentir que está ahí, o desaparecerá del todo.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Ella

A mi lado, ella. No se le ve sangrar, no se le oye llorar, pero se siente su herida, palpita terror.

Tiembla.

Me quiero acercar y decirle:

-No estés sola bajo la lluvia.-
Pero no llueve, tampoco me oye, y el viento pasa entre los dos.

Tan lejos.

Se derrumba, y todos miramos a otro lado. Ese lado donde no hay nadie, ni nosotros mismos. Ese lado que es abismo.

Negro.

Nadie le escribe el camino, ella tampoco quiere caminar, no puede porque está cayendo. Desde el fondo todos somos sus monstruos.

Y nada.

Nadie.

Solo ella.

En los ojos arena, su tiempo lágrimas.

Todo ha sido real, deberían llorar por ella, porque  ya no puede llorar.

Tú.

Todos.

Ella.


Desnudos

Para empezar, imaginaremos un silencio que nadie pueda romper y lo atravesaremos desnudos, hasta ahogarnos en él.

Convertiremos los suspiros en gemidos, haciéndonos inmensos, eternos, derramándonos por nuestros respectivos abismos.

Abriste la boca y entraste en erupción, fuiste el volcán más bello, tu fuego fue cegador.

Fundidos el uno con el otro, para conocernos mejor, para olvidar el dolor.

Fuimos noche y nunca más despertamos.

 


Mujer de hielo

Amaba sus dragones, pero no podía acercase a tocarlos, la mujer de hielo temía sus lenguas de fuego.


Experiencia


Abrió los ojos y miró a su lado. Lo encontró tendido, dormido, desnudo e indefenso. Le observó detenidamente como sólo puede mirar una persona que te conoce hasta las entrañas, le sintió lejano, en los pocos centímetros que les separaba se había instalado un frío glaciar. Comenzó a tocar su piel con la punta de los dedos sin sentir nada. En su interior una pregunta que hacía mucho tiempo se le repetía:

-¿Por qué sigues aquí?

Era como si la voz de su niño interior le avisara de algo que nunca quiso oír. Él sabía que no lo quería, pero quería quererlo, la experiencia adquirida a lo largo de dolorosas relaciones le afirmaba que eso no era posible, con querer no es suficiente.

No quería hacerle daño, sabia que lo estaba haciendo daño. La persona que dormía junto a él si lo quería, tanto que a él lo atemorizaba, lo paralizaba, lo dejaba en blanco.


Desenlace

Abre la mano y deja caer el cuchillo ensangrentado que aún sostiene, no sabe lo que ha hecho, no sabe cómo lo ha hecho. Un grito ahogado se escucha en su cabeza, un grito profundo emana de su garganta, de sus entrañas, gutural y silencioso, su vida se ha quebrado, los restos que quedaban de ella se desmoronan en su interior.

Las lágrimas no brotan, no encuentra el ruido que rompa con tanto silencio. Un silencio oscuro, pantanoso, que se pega a su cuerpo. Lame la sangre de la mano con la que ha ensartado el cuchillo en el cuello del que yace sin vida en el suelo,  lo lame para recordar que ésa sangre dio vida al cuerpo que ella amaba, en pasado, lo ha arrebatado toda esperanza, lo ha ahogado hasta dejarlo sin vida.

Se tumba junto a él, los dos yacen sobre el mismo charco de sangre, inmóviles. Coge el cuchillo de nuevo, lo mira, es la llave que ha abierto la puerta a su libertad pero también le ha introducido en un nuevo laberinto que no sabe si podrá soportar, ya está cansada de caminar con las cadenas atadas a sus tobillos.

Mira a los ojos del cadáver y siente esa mirada profunda que sólo los muertos tienen. Un escalofrío sube hasta su garganta, muda, su cuerpo tirita por el terror. Empuña con fuerza el arma sin dejar de mirarlo a los ojos y separa su garganta en dos, uniendo su sangre con la de él.

La oscuridad invadió sus ojos, la paz añorada llega por fin a su cuerpo.

 


¿Amor?

 

Lento y humillado camina de rodillas, mostrando su piel, sus entrañas, desnudando sueños y miedos. El amor ha convertido su vida en una constante penitencia, un paso doloroso de Semana Santa. En silencio, entre la oscuridad, camina tras el ser amado, que lo ignora, lo castiga. Cabeza gacha, la mirada ciega, sólo dentro la imagen de su amado, de su verdugo, nada más lo rodea, sólo puede ver sus pies que le indican el camino. Cada paso, cada huella se convierte en una llaga que lacera su piel, sus recuerdos. En cada silencio deja un trozo de él, convirtiéndose en el perfecto amante, el que no respira, el que ya no mira, en nadie. Sólo es de aquel que lo va borrando. Una pertenencia, un laberinto del que no puede huir, del que no quiere escapar.